Dr. Ramón J. Velásquez

No. 1, junio-noviembre 2007, Año I


“Venezuela es un país de grandes sorpresas”


Roberto FASCIANI MARTINEZ*


¿Es el siglo XXI venezolano pasto fértil para el renacer del caudillismo?
Sí lo es, primero porque la democracia en Venezuela es muy reciente. El ejercicio democrático real es aquel que nace del voto en unas elecciones pulcras y puras, y eso, desde 1830 en que se fundó la república, ha sido de difícil alcance. Solamente es en 1959 cuando por vez primera se suceden dos hechos transcendentales: un partido político gana la presidencia y puede ejercer el periodo que la Constitución marca. Eso no había sucedido antes, porque en la historia nuestra, los dos intentos para que un civil elegido por el voto llegara a ejercer el poder por el tiempo establecido resultó infructuoso. En 1835, José María Vargas, médico eminente, fue elegido por cuatro años, y seis meses después de iniciar su mandato un grupo nutrido de militares tocó a la puerta de su casa para pedirle que se fuera, porque él no había estado en la guerra, sino estudiando, y tuvo que irse. Pasa un siglo, y es en 1948 cuando un maestro y novelista, Don Rómulo Gallegos, es elegido por cinco años, con el 70 % del electorado. A los 8 meses de iniciado su gobierno, el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas le pide que se vaya y tuvo que irse. De tal manera que por casi ciento treinta años de vida republicana estuvimos bajo el mando de militares. La experiencia democrática con gobierno de civiles elegidos en pulcras elecciones solamente aparece en nuestra historia en 1959, y dura ese ejercicio cuarenta años hasta las elecciones de 1998. Por toda esta herencia de gobiernos presididos por caudillos, el venezolano arrastra consigo un arquetipo del gobernante. Y es por eso que un grueso sector de la población, en ocasiones, emite con simpatía comentarios coloquiales que atañen a este tema, como por ejemplo: “Aquí lo que falta es un Gómez”, o bien, “Cuando Gómez, eso no pasaba”, reforzando, en cierta forma, el prototipo de ese autoritarismo tradicional. Por otra parte, en las nuevas generaciones y en los sectores populares, la educación para la democracia no ha llegado en una forma correcta. La gente ha aprendido a leer y a escribir, y ha recibido alguna que otra noción del descubrimiento o de la historia, pero el conocimiento profundo de que la democracia es la convivencia de diferentes tendencias, con el respeto al pensamiento disidente que se fortalece con la polémica en los congresos, eso es relativamente nuevo en Venezuela, si lo comparamos, por ejemplo, con un vecino como Colombia, que tiene ciento cincuenta años de ejercicio democrático pleno.

Es decir, ¿que estamos destinados a seguir gobernados por personajes vinculados a la vida militar?
Esa fue una constante desde 1830 hasta 1958, que tiene una explicación: la sociedad civil que promovió la revolución y firmó el acta de la independencia, eran ideólogos y letrados de un alto nivel, pero toda esa generación en masas fue destruida por la llamada guerra social o Legión de Boves. Simón Bolívar, en una carta a su tío, en 1813, le expresa el drama de ese tiempo diciéndole: “Esto es un cementerio”. De manera que, entre la hecatombe de Monteverde y la masacre de Boves, una gran mayoría murió, y los que sobrevivieron, huyeron. Uno de los jóvenes que se queda es Bolívar, y decide encabezar a las masas rurales, a los campesinos de la Sierra de Carabobo, de los Llanos de Aragua, y van creciendo así, en forma espontánea, los muchachos guerrilleros que, como Páez y los Monagas, participan en aquella lucha de doce años, y pasan a transformarse de simples peones y soldados rasos en generales y jefes, por las grandes hazañas alcanzadas en sus batallas libertadoras. Esos hombres, además, participan en la liberación de otros países y son considerados, a su regreso triunfal, los dueños de Venezuela. De tal forma que la vida militar ha estado fuertemente vinculada con el poder en Venezuela, en sus casi dos siglos de vida republicana.

¿Es ignorante todavía la sociedad venezolana?
En gran parte. Pero, aparte, es una sociedad que es más igualitaria que democrática. Es decir, el venezolano corriente busca por cualquier medio llegar al nivel que tiene el otro, sin importarle su nivel de preparación o pericia, y eso es grave, porque las grandes sociedades del mundo han nacido de la fortaleza en la educación, en el nivel de exigencia y en la competitividad, que es lo que hace a un país verdaderamente productivo.

Joaquín Crespo fue el último caudillo del siglo XIX. ¿Chávez es el primer caudillo del siglo XXI?
Crespo fue el último caudillo liberal del siglo XIX. Hugo Chávez es la conclusión de una crisis y el comienzo de la siguiente.

Joaquín Crespo fue un hombre cercano al pueblo, que contrastaba con la personalidad arrogante y ostentosa de Guzmán Blanco. ¿Cuáles deberían ser las características de la contrafigura de Hugo Chávez?
Primero, tiene que representar la totalidad del país. Y con esto no estoy diciendo que va a venir un hombre que diga “Yo soy Venezuela”, sino que el que llegue debe estar consciente que no va a seguir dividiendo al país. Debe ser un gran unificador. Venezuela vivió dividida todo el siglo XIX, porque los partidos eran fuerzas armadas. No podemos repetir eso en el siglo XXI. Pero además, ese líder tiene que ser un hombre que exprese en sus actos un gran equilibrio, que sea una fuerza de confianza para la sociedad y también una garantía de que realmente va a impulsar los grandes cambios que el país está exigiendo.

Ese líder, ¿ya lo conocemos o está por conocerse?
Ni él mismo sabe que va a serlo. Venezuela es un país de grandes sorpresas, ni el más acucioso analista puede pronosticar ahora cuál será el desenlace de esta etapa.

EL actual Consejo Nacional Electoral fue nombrado por el Tribunal Supremo de Justicia, y la constitución reza que debe ser designado por las dos terceras partes de la Asamblea Nacional. ¿Cabe el surgimiento de una Revolución Legalista, como la que impulsó Joaquín Crespo en 1892, que le devuelva el respeto a lo establecido?
La condición fundamental para que el organismo que controla el mundo electoral genere confianza, es que el mismo no esté controlado ni interferido en sus decisiones por un solo grupo. El organismo electoral tiene que ser reflejo de las diversas tendencias políticas y electorales del país, de lo contrario es una farsa que está abriendo un camino hacia una crisis más profunda. Naturalmente que la base de una revolución legalista tiene que ser que la organización electoral, en todo su aspecto, tanto personal, como técnico, sea expresión de la verdad.

¿Qué le da solidez a la democracia?
La fortaleza de sus instituciones. Por ejemplo, Colombia es un país de instituciones y el Congreso colombiano es un freno ante cualquier desliz autoritario. El parlamento es el escenario real para el debate ideológico. Las leyes en Venezuela salen de Miraflores; en Colombia, las leyes salen del Congreso.

¿Y cómo están esas instituciones en Venezuela?
Cecilio Acosta decía, en forma cruel, en 1862, que las instituciones en Venezuela perduran mientras dura en el ejercicio del poder quien las ha creado. Una vez escuché a un viejo funcionario público que dijo: «No hay división vieja en Venezuela que resista jefes nuevos». Sencillamente, no hay continuidad.

¿Qué pasó el 15 de Agosto de 2004?
Una expresión democrática histórica. Una sociedad que luchó por esas elecciones, que desfiló en medio de tantas amenazas, que entregó incluso sus vidas, que no durmió el sábado 14 para amanecer el domingo 15 en los centros de votación, que esperó de pie hasta las diez de la noche, y que tenía un solo norte, la firma decisión de decidir el destino del país con el voto. Yo no estaba cerca de los cómputos, pero quienes eran nuestra garantía, empezando por Enrique Mendoza, desaparecieron.

¿Por qué el pueblo no salió a la calle el lunes 16 de agosto?
Primero, porque la sociedad amaneció desconcertada. Enrique Mendoza, que había ofrecido comunicar el triunfo a las 5 de la tarde del domingo, no aparece, y sale entonces el señor Carrasquero a anunciar, con el reconocimiento del Centro Carter y de la OEA, la victoria del “no”, y después de ese madrugonazo se dirige al país como vocero de la oposición Henry Ramos Allup, diciendo: «Si el triunfo hubiese sido el resultado, yo no estaría aquí, estaría otro, pero nunca me habrían escogido a mi». En síntesis, los líderes fueron irresponsables, y no estuvieron a la altura del momento histórico.

Pero, en una entrevista reciente, Enrique Mendoza pidió perdón y justificó su ausencia ese día por no tener el soporte técnico del fraude.
Bueno, el Papa también pidió perdón sobre lo de Galileo y otros episodios de hace dos mil años…

¿Usted cree en la fuerza de la sociedad civil?
¡Sí, cómo no! Existe. Este es un tiempo venezolano que se caracteriza por la presencia de la sociedad en todos sus matices y órdenes. Por una parte, están las grandes convocatorias de la oposición hechas contra Chávez, que han sido mayores en sus dimensiones a las que los partidos políticos del pasado jamás hubieran podido aglutinar, y, por otro lado, un sector de venezolanos, que es la de los desvalidos, la de los toderos, que también encontraron una escena, son también protagonistas, es decir, el país es un crisol. Todos ellos son la sociedad civil emergente del siglo XXI.

¿El venezolano aceptaría un régimen de gobierno como el de Fidel Castro en Cuba?
No, definitivamente, no. El ciudadano venezolano ha demostrado que sin jefes ni líderes, se une, forma organizaciones, con el propósito de no dejar consolidar una autocracia. Sin la contrafigura que todo el mundo reclama, esa sociedad opositora se ha hecho sentir, porque tiene un firme deseo de que se gobierne dentro de un sentido de libertad, de desarrollo, de garantías al derecho ajeno, de avance social del país.

¿Qué piensa de la megalomanía en los líderes políticos?
Esa fabulación de la propia personalidad es dañina.

¿Por qué en otros países la reelección funciona y en Venezuela no?
Porque en otros países es un ejercicio democrático. En Venezuela, aun cuando existen los lapsos establecidos por la Constitución, el venezolano que elige comienza a decir: «ese hombre se va a quedar…» Eso quiere decir que ese hombre va a abusar, va a hacer del ejercicio del poder un desempeño eterno. En Venezuela, la historia ha demostrado que la reelección divide. ¿Qué dividió a Acción Democrática? La reelección del Presidente Pérez, que separó a los adecos en perecistas y lusinchistas. ¿Qué acabó con Copei? El empeño de Caldera en reelegirse, que eliminó a sus dos sucesores lógicos: Eduardo Fernández y Alvarez Paz, y se lanzó, en un afán reeleccionista, a dividir a su partido y a unirse con los grupos contra los que había luchado durante cincuenta años. Guillermo García Ponce y Pedro Ortega Díaz fueron algunos de los miembros de su última campaña electoral.

¿Cómo ve a Venezuela dentro de cincuenta años?
Bueno, considerando el rumbo que lleva el mundo bajo la revolución digital, es difícil profetizar. Todo hace pensar que las características de ese tiempo son para nosotros inimaginables. Lo que ha avanzado la humanidad, el crecimiento tecnológico que estamos viendo, los cambios que las ciencias en todos los órdenes crea es de tal magnitud, que la ciencia ficción quedó desplazada por la realidad-ficción. Tomando de Ramón Escovar Salom una formulación que él hizo hace veinte años, finalizo esa pregunta con esta pregunta: ¿existirá Venezuela como nación soberana e independiente para el 2050?

A punto de cumplirse un siglo del inicio de la exploración petrolera, ¿cuál ha sido el rol del petróleo en Venezuela: bendición o maldición?
Ni una cosa ni la otra. El petróleo es la revolución más profunda que en materia de la vida social ocurre en el siglo XX venezolano. Venezuela había sido un país muy atrasado, minado por la miseria y el paludismo, hasta que llega el petróleo, y masas campesinas de Mérida, Táchira, Falcón y Lara, pescadores de Margarita y gente del Delta, se vienen a las riberas del Lago de Maracaibo. Escuchan un eco de esperanza: ¡Hay trabajo!, y entonces van a descubrir cosas extraordinarias como el salario, el horario, el servicio médico, la educación, la posibilidad de una vivienda digna con electricidad, el uso de una indumentaria que evite la proliferación de enfermedades populares como el sabañón, las niguas, los anquilostomos, y entonces, gente de Los Andes se juntan en son de paz con gente de Margarita, del Llano, y se casan por primera vez andinos con orientales. Antes nunca. La única movilización era la guerra, ahora, es el petróleo que moviliza a las grandes masas de la fuerza laboral venezolana. El petróleo cambió radicalmente la vida del venezolano.

¿Pensó alguna vez en llegar a ser presidente de Venezuela?
No, porque para ser presidente hay que estar en un partido, y cuando vi los conflictos que se generaban dentro de los partidos venezolanos, consideré prudente que mi servicio al país tenía que ser como demócrata sin afiliación, y me quedé así, demócrata, luchando sin descanso por la democracia, y sin esperarlo, el destino me puso en el difícil trance de servirle a la patria en un momento coyuntural de su historia.

¿Qué fue para Usted el poder?
Fue una oportunidad máxima de prestarle un servicio al país. Acepté el reto porque el país venía de dos intentonas golpistas, un juicio al presidente en ejercicio y un escepticismo sobre la factibilidad de las elecciones del año 93. En síntesis, los partidos me dejaron solo. Tuve que enfrentar una nueva conspiración que, afortunadamente, se logró develar. Realicé las elecciones, instalé el Congreso y entregué la banda al elegido, asegurando, al menos en ese tránsito, la estabilidad democrática.

¿Cuál es el secreto para llegar a su edad con tan honorable y digno?
No hacerle daño a nadie. No creo que haya necesidad de hacerle daño a nadie. He trabajado siempre. Adonde he ido, he llegado con un norte: servir, sin andar buscando otras cosas. La clave, repito, es servir.

¿Como quiere que lo recuerde la historia?
Como un venezolano interesado por su país, que participó en todo, sin ser primer actor.

Por el libro negro…

Ramón J. Velásquez, natural del Estado Táchira, no sólo conoce la geografía de Venezuela, sino el gentilicio nacional en todo su contexto. Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, fue hecho preso por la realización del Libro Negro (junto con Simón Alberto Consalvi y José A. Catalá), que delataba todas las perversiones del fraude electoral del año 52 que afianzó la dictadura.

Permaneció cuatro años preso entre la Cárcel Modelo y la cárcel de Ciudad Bolívar. Entre sus compañeros de prisión estuvo el ex-hombre fuerte de Chávez, Luis Miquilena, con quien mantiene una amistad que ha soportado cualquier efecto de tormenta política. Fue Secretario de la Presidencia de la República durante el gobierno de Rómulo Betancourt (1959-1963) y enfrentó en ese quinquenio 11 insurrecciones contra el sistema recientemente constituido.

En una noche del año 93, Luis Alfaro Ucero e Hilarión Cardozo, ante la destitución del Presidente Pérez, acudieron a su residencia en Altamira, para manifestarle la voluntad suprema de las fuerzas parlamentarias de investirlo como Presidente de Venezuela para la culminación del período. Como contraoferta a ese planteamiento, Velásquez le suministró una lista de personajes que él consideraba reunían mejores condiciones para ese cargo. Los dirigentes consultaron las alternativas propuestas por Velásquez, pero el Alto Mando militar, la Iglesia, los sindicatos y los partidos políticos no lograron el consenso. Insistían en que la figura representativa de ese momento era él. Finalmente, aceptó.

 * Médico Pediatra. Diplomado en Estudios Avanzados de la Venezolanidad por la Universidad Metropolitana.  
Dr. Ramón J. Velásquez Dr. Ramón J. Velásquez Reviewed by Prof. Liliana Fasciani M. on 11/30/2007 Rating: 5
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